Este polvo me ha dejado muerto. De repente siento como si hubiese tragado dos litros de ansiedad. Estoy rígido, me oprime el pecho y me falta el aliento. Debe haberme subido la tensión y me está afectando la vista. No soy capaz de distinguir los colores, todo se ha vuelto en blanco y negro. Es mejor estar herido que estar muerto, me digo para calmarme. Vanesa duerme y necesitaría contárselo, pero no quiero despertarla y meterle en el cuerpo el mismo miedo que yo tengo por mi estado. En el fondo, quizá solo sea este ataque de ansiedad y se me pasará cuando se vaya. Probaré a caminar un rato por el pasillo a ver si me calmo. Fumar en la cocina me relaja mucho, pero ahora el tabaco no me sabe a nada, ni el agua tampoco y tengo sensaciones muy extrañas, hasta presiento alguien detrás de mí intentando tocarme. Será mejor que intente dormir.

¡Joder! Vanesa se ha marchado. Ni siquiera se ha despedido. Su lado de la cama ya está frío, aunque en sí… yo tengo frío. «Es mejor estar herido que muerto, así que intenta dormirte» me repito. Justo al apagar las luces, el corazón se me acelera y los poros comienzan a ser una máquina de vapor, lo que me lleva a pensar que estoy delirando al creer que oigo la respiración y el corazón palpitando de alguien a mi lado. Intento encender la luz, pero no va. Ese alguien me agarra del hombro. Huyo rápidamente hacia el comedor y pruebo a dar la luz, con el mismo resultado. Todo está a oscuras, en la calle tampoco parece haber luz. Escucho los pasos de quien cojones quiera que sea. Suenan huecos, como si caminase descalzo dirigiéndose hacia mí. Pregunto que quién es y, al no recibir respuesta, decido no adivinarlo ni esperar a saberlo cuando ya lo tenga encima y salgo corriendo hacia la puerta de la calle, de forma sorprendente al no tropezarme con nada en mi huida.

Definitivamente sí, en la calle también está todo a oscuras y no hay nadie por ningún lado, o será mi vista que apenas vislumbra nada, la cuestión es que tampoco escucho ruidos, ni coches y sin embargo consigo distinguir los edificios, la acera, la carretera y vuelvo a oír esos pasos desnudos hacia mí. El miedo me puede y no soy capaz de enfrentarme a “quién quiera que sea”. Empiezo a correr despavorido desde el Carrer del Comerç hacia el Passeig Lluis Companys, aunque por más que corro no consigo despegarme de ese individuo, casi puedo notar su aliento en mi nuca. A lo lejos creo escuchar el maullar de un gato, algo que me hace sentir menos solo en esta carrera por mi vida. Supongo que el miedo puede llegar a ser un soplo de aire cuando lo tienes todo perdido, de otra forma me sería imposible comprender como puedo estar aguantando tanto en esta carrera, casi a ciegas, además. Conforme me acerco al Passeig, el gato más que maullar parece que esté peleándose con otro. No soy el único en problemas esta noche.

No, no es el maullar de un gato en una pelea. Son los alaridos de un pobre gato que está siendo despellejado por dos adolescentes. A mí apenas me quedan fuerzas y creo que poco o nada puedo hacer ya por él y continúo mi huida de no sé quién ni hacia dónde, pero con la certeza de que “quien quiera que sea” puede agarrarme en cuanto quiera. Eso lo sabe él y lo sé yo. Me siento como creo que debió sentirse ese pobre gato mientras intentaba no ser atrapado por esos dos salvajes. O como debe sentirse este vagabundo que está siendo apaleado en un banco cerca del Arco de Triunfo, o los gritos de dolor y los golpes que está recibiendo una mujer de unos 40 años y que, por algún extraño motivo, logro escucharlos, aunque eso esté sucediendo en un cuarto piso de la calle Almogavers. O como la chica morena de 18 años que en cinco minutos va a ser forzada por su novio a tener sexo el Parque de la Estació del Nort.

Dejo de correr al llegar a Llul con Bogatell. Sigo sin atreverme a girarme, pero sé que continúa detrás de mí. Lo noto, igual que siento como al chico se le ha ido la mano intentando que la chica no gritase y acaba de estrangular a su novia. Como siento a otras personas sufriendo mientras camino despacio hacia la Avenida Icaria. Es curioso, ahora me hace bien no sentirme solo, aunque la compañía que llevo detrás no sea la más indicada. Prefiero no preguntarme ni preguntarle nada. Me da que “quien quiera que sea” sabe hacia dónde nos dirigimos.

***

El negro siempre le ha sentado biena a Vanesa, está preciosa. Lástima que las lágrimas no le sienten bien. Me parece monstruoso que haya venido tanta gente al estreno de mi nueva vivienda. Somos así: quien sufre no encuentra nadie vivo que le eche una mano, pero para una fiesta todos se apuntan. En fin, que mi nueva casa está preparada para recibirme. Hubiese preferido que fuese en Montjuic, con vistas al mar, pero mis tatarabuelos decidieron que la casa de vacaciones fuese en Poble Nou. Mi “quien quiera que sea”, ha decidido que ya es el momento de ponerse delante de mí y, ahora sí, coloca sus dos manos sobre mis hombros y me besa.

Hay polvos que matan.

Juan éSeKa

Juan éSeKa

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Diseñador de esta web, para lo bueno y lo malo, y chico para todo en Bold Editions. De escribir, también escribo. Tengo publicado un libro de relatos y poemas, titulado "Viviendo Calles", y preparado el material para el segundo. Colaboro en alguna que otra revista digital y páginas de escritores. Aunque últimamente la tengo abandonada, puedes leer más cosas mías en El Mar de Skyper

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